River, levántese que esto sigue

Difícil de explicar. Estuvo tan cerca y en cinco minutos pasó a estar tan lejos. River estaba a cinco minutos de ser Bicampeón de América y, como si el destino le tendiese una trampa para la derrota después de tantos triunfos, se le esfumó de las manos. Un partido que iba sobre rieles pero que en los últimos 10 minutos empezó a descarrilar e inclinarse hacia el otro lado. Ese bendito error de Pratto en el primer gol de Gabriel Barbosa, que tanto nos lamentaremos. No solo eso, sino una sucesión de desatenciones que desencadenaron lo que creíamos que ya era imposible de desencadenar. Y la cabeza da vueltas y se hace mil preguntas: ¿Que hubiese pasado si el pase del Oso llegaba a Montiel, su destinatario original? ¿Que hubiese pasado si la chance de Palacios sobre el final entraba? Obvio, la historia hubiese sido distinta.

Hubiese terminado con una alegría inmensa. Otra más de este ciclo brillante que arranco en junio de 2014 y aún ahora, en noviembre de 2019, nos sigue deleitando fin de semana tras fin de semana, con un fútbol a veces más o a veces menos vistoso, pero que te llena el alma por el sacrificio y la entrega. Ya está. Lo que pasó pasó y no sirve volver atrás. O sí, porque conociendo a Marcelo Gallardo estoy seguro que, mientras viaja en avión de regreso a Buenos Aires, se martilla el cerebro tratando de encontrarle la explicación a esos cinco minutos fatídicos del final. Quizás ni él pueda explicarlo.

River
Rómpanse las manos aplaudiendo. Foto: Prensa River.

Si analizamos el juego, podemos preguntarnos el motivo del ingreso de Julián Álvarez o el de Lucas Pratto. El joven de Córdoba saltó al césped para darle un poco de aire fresco al equipo en lugar de un Nacho Fernández que, si bien había levantado en el segundo tiempo, parecía fatigado. Álvarez se paró como una especie de ocho para oxigenar a la mitad de la cancha y correr a los jugadores de Flamengo. El cambio de Pratto no dio resultado porque entró a contramano del partido y el de Paulo Díaz fue casi obligado, porque Milton Casco estaba exhausto. No tiene mucho sentido, al menos para mi, analizar nombre por nombre sino al conjunto. River no perdió por los cambios de su DT, que sabe mejor que nadie de acertar desde el banco. Los cambios tenían un sentido. El Muñeco, nos guste o no, imaginó y planteó un partido en esos últimos instantes pensando más en el arco de enfrente que en el propio. No le salió. Punto final. River no perdió por los cambios.

River no usó la cabeza cuando más la tenía que usar. En el momento más caliente del partido no pudo ser frío. No pudo parar la pelota y descansar. Quedaban pocas piernas sanas. Se acabó la nafta. Tampoco pudo parar a Diego, que le cambió la cara al Fla desde su ingreso. No lo pudieron agarrar nunca. El desgaste en el primer tiempo fue enorme, tal es así que mereció irse ganando por más goles. Maniató a Flamengo durante 87 minutos del partido pero le dejó una pequeña ventana de esperanza que no se puede dejar ante un rival de tal magnitud. Así es la Copa Libertadores. Hermosa y maldita al mismo tiempo. Hay cosas que no se pueden explicar. Me podría tomar cinco horas en analizar tácticamente el partido pero hay cosas que no tienen un porqué. Simplemente pasan. No solo en el futbol, sino en todos los ámbitos de la vida. No queremos que pasen, pero pasan. Sentimos que tenemos todo y en cinco minutos no tenemos nada.

¿Como no vamos a estar tristes?

¿Como no nos va a doler esta derrota? Claro que duele, pero son estos golpazos lo que a uno lo ayudan a aprender. La derrota es el mejor antídoto para la victoria, dijo alguna vez un tal Napoleón Gallardo. El hombre de las mil batallas que entiende como pocos como sobrevivir a este desgaste físico y mental constante al que llaman fútbol argentino. Sigan confiando en él. Mastiquen y traguen la bronca. El fútbol siempre da revancha. Siéntanse orgullosos y privilegiados de vivir la época más dorada en la historia de River. Estoy seguro que todos se sintieron representados por los once guerreros dejaron la vida en suelo peruano. Saquen pecho. Es impotencia, pero a la vez orgullo. Es furia, pero a la vez agradecimiento. Es tristeza, pero a la vez admiración. Es inexplicable el resultado, pero irreprochable la entrega.

River
Tan cerca y a la vez tan lejos.

No, no cualquier pierde una final de Copa Libertadores y a los pocos días tiene una nueva final para seguir demostrando como competir. No, claro que no cualquiera le gana una final de Copa Libertadores a su eterno rival en Europa y estando tres veces abajo en el marcador. Y por supuesto que no cualquier plantel se deja la medalla de subcampeón en el pecho y presencia la consagración del rival. Porque en esos momentos sentís un vacío gigantesco. Sentís que ya no hay más nada. Dejarse la medalla es lo correcto y lo que corresponde, pero los tiempos cambiaron. Hay algunos que no lo hacen y se jactan contentos de no haberlo hecho. Allá ellos y su manera de manejarse. Por eso me detengo en esto. Porque este equipo de hombres volvió a demostrar, aún en la derrota, la grandeza de la que están formados. Los valores que cosecharon desde que están en el club. Y es en las peores situaciones, donde las personas sacan a relucir sus mayores virtudes y enseñanzas. Muestran de que material están hechos. Y este River es humano. Es de fierro dentro de la cancha, pero humano fuera de ella. Y eso eso, al menos a mi modo de entender, es el tesoro más valioso que un entrenador le puede dejar a un club como River.

A los jugadores, levanten la cabeza por ustedes, por el cuerpo técnico y por su brújula, Marcelo Gallardo. Levanten la cabeza por la gente que viajó más de 80 horas y dejaron hasta lo que no tenían para ir a alentarlos a Perú y por los miles y miles que lo hicieron desde todas partes del mundo. Levanten la cabeza por sus familiares, que son el motor de su vida y, pase lo que pase, seguirán a su lado. Esto recién arranca, ustedes lo saben mejor que yo. Y vaya si conocen ustedes sobre recuperarse de las difíciles… No será lo último que veremos de este equipo glorioso. Que la gente siga creyendo, porque siempre van a tener en quien creer o con que creer. Mientras Marcelo Gallardo siga siendo el capitán de este barco, siempre habrá esperanza. Levanten la cabeza, porque la caída de un grande es la felicidad de los mediocres.

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